Renunciemos día y noche a nuestro yo aparente, hasta que hacer esto se nos vuelva un hábito, hasta que penetre en la sangre, los nervios y el cerebro y hasta que el cuerpo entero en cada momento obedezca a esta idea de autorenuncia . Vayamos entonces al centro del campo de batalla con el tronar de los cañones y el fragor de la guerra y nos sentiremos libres y en paz.
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